No es que sea una idea nueva, la de que el consumidor cobre por lo mismo que, a la hora de ver una película, por ejemplo, es casi un castigo: recibir publicidad. La vimos, en el caso de los servicios de Internet, poco antes de que reventase la burbuja especulativa financiera creada en torno a los valores tecnológicos, a finales de los 90. Y ahora la vemos surgir de nuevo, en el negocio de la telefonía móvil.
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